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Las niñas de los cañaverales

Marling Herrera

Marling Martínez vive en El Manantial, un poblado rural de Chinandega, cercado por cañas. Esta es su historia y la de las niñas de su comunidad

A La Cocoroca se llega sorteando caminos áridos y remolinos de polvo que los pájaros y garrobos atraviesan velozmente. En este poblado rural de Chinandega no hay energía eléctrica ni agua potable, solo cañaverales. Las casas, de tablas, plástico o zinc, aparecen tímidas entre las cañas que alcanzan hasta tres metros de altura.

La Cocoroca está a 30 kilómetros de Chinandega, 12 de ellos son trochas cercadas por cañas, que cuando llega la zafra, se convierten en veredas que te envuelven en calor y arena. En invierno, como ahora, después de varios días de lluvia, los ríos se desbordan, los charcos devoran las calles y para los lugareños es imposible salir a la carretera.

Marling Martínez vive en El Manantial, uno de los tres sectores en los que se divide La Cocoroca. Marling tiene 19 años y es activista en una zona en la que las niñas no terminan la escuela y las adolescentes son madres o jornaleras en las bananeras o cañaverales.

Así lucen los caminos de La Cocoroca que en invierno son intransitables y en verano parecen un desierto. Carlos Herrera. Niú

Marling siempre sonríe y es inquieta. Marling es una chispa entre las cañas y el polvo.

“Ella me decía ´mama vamos a comprar tal cosa´ y yo le decía ´ ¿con qué riales?´´madre hay que ser positivos´´mamá vamos a hacer la casa todita de zinc, vamos a ir recogiendo´, ella me motivó y ya hice mi casita. A ella le agarró que pusiéramos una venta de golosinas aquí, la pusimos y por ella crecimos con la ventecita nosotros”, cuenta Lucy Cortés, su mamá.

Ahora venden granos básicos, pollo y bebidas frías en una zona en la que no hay energía para alimentar una refrigeradora. Compraron una, pero no la tienen en casa sino en una comarca cercana. Deben recorrer tres kilómetros para traer, en baldes o sacos, el hielo que meten en un termo, y con el que mantienen frescos los productos que ofrecen. En estos días no han podido salir porque la lluvia dañó las trochas, aunque Marling es optimista: “Está lloviendo mucho y los caminos y ríos están inundados, pero estamos bien y eso es importante”, cuenta en un mensaje.

A su comunidad le habla sobre sexo seguro, derechos humanos, igualdad y libertad, y los martes, jueves y viernes es maestra de 15 adultos. “No hay ninguna edad definida para aprender a escribir y leer”, asegura. Sus alumnos tienen entre 14 y 60 años.

Marling Martínez vive en El Manantial. La definen como una joven dinámica, inquieta y muy activa en su comunidad. Carlos Herrera. Niú

Desde niña se involucró con Plan Internacional Nicaragua y en septiembre de 2017, viajó a Nueva York para contar ante la sesión anual de la Asamblea General de las Naciones Unidas, cómo viven las niñas de El Manantial.

“En nuestras familias nos enseñan que nuestra opinión no es importante, por eso no nos escuchan y en nuestras comunidades no nos sentimos seguras, al contrario, sentimos que podemos vivir acoso en todo momento. Además, sentimos que tenemos pocos espacios de participación y diálogo con tomadores de decisión. Esta situación hace que nosotras mismas no nos valoremos y pensamos que nuestra situación mejorará cuando nos casemos o cuando seamos madres, porque socialmente nos animan a ser madres y casarnos pronto.  Nos convertimos así en niñas madres y nos vemos involucradas en uniones o matrimonios que en realidad no deseamos”, sentenció Marling en Nueva York.

“Esa chavala me volvió loca, no dormía, le agarró como nerviosismo, estaba bien alegre, es que yo no sé, esa chavalita no salió a mí, le encanta andar en actividades, esa es su pasión. Gritaba ´mama voy para Nueva York, ese es mi sueño´. Ella se volvió loca pensando en su viaje”, recuerda Lucy.

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La vida en La Cocoroca gira alrededor de la caña. Entre las cañas juegan los niños que de camino a la escuela se esconden y saltan entre los tallos. Cortando caña sobreviven los jóvenes que abandonan la escuela, y por las cañas muchas niñas temen andar solas en las veredas.

“Como es una comunidad rodeada de caña el peligro principal es una violación, que nos vayan a abusar, un peligro hasta de muerte”, reconoce Ángela Salazar, de 17 años. Ella también es activista.

–¿Y a vos te da miedo?–

–Sí, los caminos son peligrosos–, admite.

Ángela Salazar quiere ser traductora. Ella y sus hermanos trabajan en la finca familiar. Carlos Herrera. Niú

Ángela recuerda la historia de Yuslivi Flores, una enfermera de 30 años que vivía en El Viejo, pero que fue encontrada muerta entre las cañas de La Cocoroca: A Yuslivi la asesinó su pareja en agosto de 2014. Unos vigilantes encontraron su cuerpo ocho días después.

Pero no es el único caso. Un mes antes, Francisca Montalván de 24 años, fue violada y estrangulada en los cañaverales de Santa Anita, a unos 15 kilómetros de La Cocoroca.

“Las comunidades en sí son sanas, el problema son los que vienen de otras partes a asaltar, robar, violar, en realidad lo más difícil es entrar o salir de la comunidad”, reconoce Gustavo González, facilitador de desarrollo comunitario de Plan Internacional Nicaragua en El Viejo, desde hace cinco años.

Según él, en La Cocoroca habitan 77 familias, pero algunas viven en la misma casa y a veces comparten letrina con sus vecinos. Las tierras, explica Gustavo, no les pertenecen legalmente.

Para ir a la escuela los niños deben caminar durante casi una hora. Las veredas son solitarias y procuran irse juntos para estar más seguros. Carlos Herrera. Niú

“Las condiciones en las que viven las familias son precarias, son de extrema pobreza, la mayoría de las personas trabajan en la caña o en las bananeras cercanas”, señala el promotor.

Como no hay energía eléctrica se alumbran con focos o candelas. Más de una casa se ha incendiado porque olvidan apagar las velas. Con el agua, la situación es más dramática.

“La única agua que pueden consumir es agua de pozo y está contaminada porque tiene pegada caña a los lados y a la caña le echan químicos y eso contamina el manto acuífero”, explica Gustavo.

En la comarca hay 73 niñas y 49 de ellas son afiliadas a Plan. También viven allí más de 60 adolescentes que en su mayoría, “han tenido relaciones sexuales o están embarazadas”.

El Félix Jarquín, papá de Marling cría, mata y vende cerdos. A veces los venden en pie, aunque generalmente los convierten en nacatamales o frito. Carlos Herrera. Niú

La mamá de Marling, a los 18 años y con siete meses de embarazo, todavía trabajaba en las bananeras. “Yo me sentía que ya me sofocaba agacharme, andar macheteando, sentía que me faltaba la respiración”, cuenta.

Ella empezó a trabajar desde los 14 años y a los 18 conoció al papá de Marling. “Era demasiado celoso, tenía que ir con la cabeza agachada, yo no podía hablarle a ningún hombre. Le aguanté tres meses”, asegura.

Dos meses después de dar a luz a su primera hija volvió al campo y cuando la niña tenía 14 meses se “juntó” con el padre de sus otros tres hijos, a él, Marling le dice “papá”.

En el campo, confiesa Lucy, a los padres les “da pena” hablar de sexualidad con sus hijos y a veces no saben expresarles su amor. “Los hijos se descarrillan porque lo que los padres no les podemos ofrecer lo que el mundo les ofrece, ellos necesitan amor, necesitan comprensión, no solo la comida, los padres nos dedicamos tanto a trabajar que no les damos amor”, admite.

Marling vive con su familia en El Manantial. En la foto sus hermanos y sus papás. Carlos Herrera. Niú

A ella no le gusta salir de su casa. Su vida pasa entre los cerdos, patos y gallinas que cría en el patio, los quehaceres, sus hijos y la pulpería. Para el almuerzo desnuca a uno de los pollos que hasta hace unos minutos metía su pico en la tierra y para vender, cocina los nacatamales y el frito que Marling, en su bicicleta, lleva a las comunidades cercanas.

Lucy es honesta. Sabe que su hija mayor quiere ir a la universidad, pero ellos no tienen el dinero para ayudarla. Marling terminó la secundaria en el 2016 y no ha podido empezar una carrera. Sus padres le proponen que estudie Magisterio pero ella quiere Relaciones Internacionales.

“Vos querés volar alto pero nosotros no podemos”, le repiten.

–¿Cómo ve a su hija en un futuro?

–Somos pobres y no le podemos dar la carrera que ella quiere, pero si uno le da una maestría (magisterio) ella puede estudiar. Así como es de motivada, ella quiere llegar a grande, tener un trabajo “más o menos”. Que Dios la oiga.

Aquí los pobres no tenemos ese sueño de llegar a ser alguien en la vida pero ella se lo ha propuesto. Aquí las chavalitas de 14 años lo que saben es enamorarse e irse, por eso es que en Nicaragua estamos tan pobrecitos. Tenemos tantos hijos que después no le damos estudios, aunque queramos no podemos darle estudio a todos, lo que hacemos es chiquitos los mandamos a trabajar, desde los diez u ocho años se meten a dentro de la ñanga (manglares) a conchar (recoger conchas), a ayudarle a los padres.

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En la escuela Fe y Alegría los niños no usan uniformes. Con sus chinelas brincan los charcos que encuentran en la vereda de más de un kilómetro que recorren para ir a clases. Algunos llevan mochilas, unos andan de short, otros llegan pedaleando en sus bicicletas.

Para Lorena Salazar, de 18 años, es difícil lograr que sus alumnos asistan regularmente al colegio. Esta maestra comunitaria dirige el preescolar de La Cocoroca y en su salón, algunas sillas están rotas y apiñadas en una esquina.

Lorena es profesora desde hace siete meses y cada sábado viaja a El Viejo para terminar el tercer año de secundaria.

“No tenemos el material necesario para desarrollar bien lo que queremos hacer cada día, nos hace falta material y la participación de los padres de familia”, admite.

En el camino lodoso que te lleva a la escuela, el sol te pica, el sudor se te escurre por el cuerpo y lo único que se oye es el cuchicheo de los niños, el viento golpeando la caña y el zumbido de un avión que fumiga las bananeras.

“Ese cauce”, dice Marling mientras señala dos palos angostos de cemento, “es por donde nosotros pasábamos todos los días y es peligroso porque el agua se lleva el puente y los niños no pueden pasar, entonces suspenden las clases”.

Carlos Herrera. Niú

En La Cocoroca la educación es un privilegio. “Cuando los niños están muy pequeños no los mandan a la escuela porque están muy pequeños, porque es muy riesgoso o porque es muy larga la escuela. Como a los siete u ocho años entran a primer grado. Si no tuvieron muy buen rendimiento los sacan de clases ´porque sos haragán y no vas bien en clases entonces ¿para qué estar perdiendo el tiempo?´, esas son las expresiones de las personas adultas”, explica.

Para los adolescentes tampoco es fácil. A los 14 o 15 años comienza la presión de la familia, la presión de la comunidad y la presión de la sociedad para que busquen trabajo o formen una familia. “Y no son trabajos bien remunerados. Son explotados laboralmente”, lamenta Marling.

Muchas de sus amigas ya se casaron o son madres. “Recuerdo los planes y los sueños que teníamos que yo quiero ser enfermera, abogada, y todos esos sueños que queríamos ahora se ven truncados”.

Ingrid Neira, se resiste a no cumplir el suyo. Ella tiene 16 años y a los 14 se convirtió en mamá. “No fue como hubiera querido, fue difícil, el papá de la niña me la negó, pasé muchas dificultades incluso dejé de estudiar porque casi se me cae la niña pero después que tuve, ingresé de nuevo a la escuela”, cuenta.

Ingrid Neira quiere ser enfermera. Carlos Herrera. Niú

Vive con sus papás y ellos le ayudan a mantener a su niña. Los sábados estudia en El Viejo y a veces trabaja en el campo como jornalera. “Yo me propuse que por mi hija iba a salir adelante. Mi propósito ha sido llegar a ser alguien para demostrarles que uno puede a pesar de todos los obstáculos”, afirma.

Ingrid quiere ser enfermera.

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En La Cocoroca una familia de cañeros puede ganar entre cuatro o cinco mil córdobas, si ambos padres trabajan en el campo. En una bananera el salario es menor: entre 3,800 o 4,200 córdobas mensuales y solo por temporadas. Lo mismo sucede con la caña, cuando la zafra termina muchos deben buscar otros empleos.

La familia de Ángela Salazar tiene una finca. Su papá le paga 100 córdobas cada ocho días por empacar plátanos. Una vez cortados de la mata, los desgajan, los seleccionan por tamaño y los meten en un canasto que llevan a vender por la madrugada.

“Algunos ya nos adaptamos al trabajo”, cuenta. Ella invierte su salario en estudios: comida, pasaje, útiles. Ángela, al igual que Ingrid y Lorena, estudia la secundaria en El Viejo.

Las niñas activistas de La Cocoroca saben que deben gozar de los mismos derechos que los varones, por eso consiguieron que las dejaran jugar fútbol sala y formar un equipo femenino. Les decían que ese era un deporte exclusivo de los hombres, pero divertirse “es un derecho que no se nos puede prohibir”, sentencia Ángela. Ella quiere ser traductora.

Los niños usan libros donados. Carlos Herrera. Niú

— ¿Cómo te imaginás tu vida en cinco años?

Profesional, hablando inglés, traduciendo, sin compromisos, no quiero compromisos todavía porque sería tener un hijo, porque con un hijo ya no es lo mismo, libre y seguir adelante.

En La Cocoroca, Marling habla a otros jóvenes sobre sexo y planificación. Sabe que los muchachos no buscan métodos anticonceptivos por dos razones: primero, el centro de salud queda a casi dos horas de distancia y luego, porque temen que la comunidad se entere que están teniendo sexo y los traten como parias.

“Es terrible todo el estigma que sufren las chavalas”, lamenta.

“A mí me dicen que ya estoy vieja, que por qué no he tenido hijos, que me va a dejar el tren, que ya cuando me quiera casar nadie se va a querer casar conmigo porque estoy muy vieja y apenas tengo 19 años”. Pese a la presión, el matrimonio no está entre sus planes.

En tercer año de secundaria comenzó a recoger panfletos de las universidades a las que quería ir: “era un sueño, algo que yo quería, yo decía voy a estudiar porque quiero superarme y tener una carrera, y cuando llegó el momento ya no pude hacerlo”, lamenta.

En La Cocoroca la educación es un privilegio. Carlos Herrera. Niú

Los bachilleres tienen empleos precarios y las jornadas son de más de ocho horas, por eso en los cinco años que Gustavo González tiene trabajando en La Cocoroca, no ha conocido a ningún joven que haya terminado la universidad.

“El miedo es nuestra mayor limitante. Voy a seguir adelante, si me cierran las puertas entro por la ventana, voy a buscar cómo tratar de superarme y motivar a otras niñas para el cambio social”, afirma Marling. “Concienciemos un poco a los chavalos que viven en las zonas urbanas cómo tienen las oportunidades y nosotros de las zonas rurales cómo las añoramos”, sentencia.


Texto de Anagilmara Vilchez en NIU.com.ni, leé el artículo original aquí

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