Escaló hasta la ventana de hospital para ver morir a su madre de coronavirus

El coronavirus nos está dejando historias conmovedoras, historias que desgarran el corazón; este virus está cambiando el mundo y las relaciones humanas, al grado de no poder despedirnos como quisiéramos.


El coronavirus nos está dejando historias conmovedoras, historias que desgarran el corazón; este virus está cambiando el mundo y las relaciones humanas, al grado de no poder despedirnos como quisiéramos de nuestros seres queridos en su muerte.

No podemos estar al lado de nuestros enfermos, no podemos tener contacto físico para acompañarlos en su agonía y dolor. Este joven palestino de la imagen, Jihad Al-Suwaiti, demostró que el amor por la madre es tan especial y poderoso que no importó la altura de la habitación donde ella estaba.

Él subió para acompañarla todas las noches; se sentaba y la miraba. ¿Qué tanto le decía desde afuera de la ventana? Sólo Dios y él lo saben. Ver morir a tu madre es ver cómo se paga lentamente una vela, ver cómo se consume la luz de un cirio.

Siempre he dicho que yo me volvería loco si me falta mi madre, y mi dolor sería muy grande. Todos los días, cuando hablo con mi madre, me dice que sea fuerte y que me prepare, que tengo una misión que cumplir aquí, pues yo le digo que me iría con ella. Le ruego al cielo que me dé fortaleza para el día que llegue ese momento.

Me conmovió este joven palestino, Jihad Al-Suwaiti; tal vez yo hubiera hecho lo mismo, subir hasta la ventana. El solo poder acariciar y besar por una ventana a tu madre, es motivo para reflexionar.

¡Cuántos tenemos a nuestra madre y padre y somos impacientes con ellos, les hablamos mal, nos tardamos en verlos, en abrazarlos y besarlos!

¡Cuánto dolor el de este joven que sólo podía acariciar el vidrio frío de la ventana! ¡Cuánto dolor de su madre en su agonía, sin saber que su hijo la miraba y acompañaba desde afuera por la ventana de su habitación!

Se me llenan los ojos de lágrimas. Hoy mi madre vive lejos, en otra ciudad, con mi papá; tal vez yo sea un poco imprudente, no pararé y los buscaré hoy; si es posible, manejaré unas horas sin descanso para ponerme de rodillas ante ellos y besar las manos de mi madre y de mi padre, guardando las precauciones para no ponerles en peligro. Y si no es posible, intentaré llamarles, o verles como sea.

No quiero tener que esperar hasta que un vidrio de una ventana me separe de mi madre y de mi padre, porque Dios perdona siempre, pero el COVID-19 no perdona ni tiene misericordia hoy.

Obtenido de ALETEIA.