¡Ánimo soy yo, no tengan miedo! Homilía para este domingo 9 Mons. Silvio Rueda.

CONFIAR. Jesús mismo es quien anima a los suyos a subirse a la barca, que, como ya he dicho, representa la Iglesia (comunidad de los creyentes). Debemos subirnos a la.


CONFIAR. Jesús mismo es quien anima a los suyos a subirse a la barca, que, como ya he dicho, representa la Iglesia (comunidad de los creyentes). Debemos subirnos a la barca y no quedarnos como mudos espectadores en la orilla de la vida.
Subirse a la barca significará tomar conciencia de la pertenencia a la Iglesia de Cristo, cosa que a veces nos falta. Me extraña mucho cuando oigo a un creyente referirse a la Iglesia como algo externo, ajeno a él. La Iglesia somos todos los bautizados. Nuestra identidad eclesial debemos asumirla en la propia existencia.
Ante el miedo hay que aprender a controlarse. Pedro, el brabucón, el valiente, con el arrojo que le caracteriza dice que si es Jesús, que le mande ir caminando hacia él. Pedro baja de la barca y pone a caminar sobre el agua, pero el viento fuerte azota y comienza a hundirse. Entonces grita: “¡Señor, sálvame!”, y Jesús le tiende la mano y lo levanta.
Debemos aprender a confiar en el Señor. Pedro tuvo la experiencia de la multiplicación de los panes, que escuchamos el domingo pasado, y también ha tenido otras experiencias del poder de Jesús. Acepta confiado lo que Jesús le pide. Mientras sostiene la mirada en el Señor todo va bien, aunque el mar sigue agitado, porque ha puesto su confianza en Jesús. Pero sucede que luego se distrae por los acontecimientos y comienza a hundirse.
En la vida habrán situaciones difíciles – el momento de pandemia que estamos viviendo es uno de ellos – la barca se pondrá bien agitada. ¿Cómo reaccionar? Siendo personas de fe debemos confiar en Dios. La confianza es el abandono responsable del que reconoce que Dios es Dios. Se confía porque se cree. Confiar es también una manera de expresar la fe. La confianza en Dios se acrecienta por el trato, la cercanía, que en la relación con encuentra en la oración una fuente indispensable.
Hoy, como Pedro, gritamos aquello de ¡Señor, sálvame! Dejemos un margen de confianza al Señor. Lancémonos a las aguas de nuestro mundo sin miedo a ser engullidos por ellas. Si, el Señor va por delante, tenemos las de ganar. Él es el dueño de la barca. El sentido de nuestra historia. El fin de nuestra oración y de nuestra entrega. En el silencio aparente, en la ausencia dolorosa es donde hemos de aprender a buscar y a ver el rostro del Señor que, un domingo más y en plena pandemia, nos grita: ¡Animo soy yo, no tengan miedo!

Tomado de Parroquia Santa Ana Chinandega.