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48 años del terremoto en Managua: La Navidad que se convirtió en tragedia

El 23 de diciembre de 1972 un terremoto de 30 segundos y 6.2 grados en escala de Richter dejó en ruinas a Managua, Nicaragua. El seísmo, ocurrido a las 0 horas con 35 minutos, dejó 20 mil muertos, igual cifra de heridos y 280 mil damnificados.


“¡Dios mío!, ¿por qué nos ha pasado esto?”, decía repetidamente una mujer, que momentos después perdió la razón al enterarse de la muerte de toda su familia.

Casas y grandes edificios de la ciudad de Managua cedieron como secuencia de la mayor catástrofe sufrida por el pueblo nicaragüense.about:blankabout:blankabout:blankabout:blankabout:blank

Desgarradoras escenas de dolor fueron descritas por los sobrevivientes, quienes protagonizaron y presenciaron la más espantosa tragedia en sus vidas.

Los primeros movimientos, se sintieron a las cero horas y 29 minutos, por lo cual salieron huyendo en ropa de dormir.

Pero en pocos minutos, luego de haber traspasado las puertas de calle vieron como sus casas y paredes se venían abajo con gran estrépito.

Una pesadilla fue para los managüenses verse en la calle, con los ojos desorbitados, buscando a sus familiares.

Lo peor que pudo haber pasado luego del movimiento telúrico fue que unos enloquecieron, mientras otros se suicidaron al entrar desesperadamente a las casas en ruinas para tratar de poner a salvo a sus padres, hermanos o hijos en lugares donde nada se podía hacer. El fuego se extendió por el centro de la ciudad, como había sucedido hacía 42 años.

Dos guatemaltecos fueron testigos del suceso, pues pernoctaban en esta ciudad la noche de la tragedia.

Se trató de Mizrahí Padilla Guevara y Jorge Gaytán Lara, estudiantes, quienes viajaban rumbo a Costa Rica.

Padilla Guevara dijo en una entrevista que llegaron por la tarde a Managua donde se hospedaron y luego salieron por la noche a pasear por el centro.

En la ciudad se sentía un aire fresco, más bien con un poco de frío. Los comercios estaban adornados por la Navidad.

En las calles había cordones de luces de lado a lado de las casas.

“Nos fuimos al parque y allí nos encontramos con una concentración de un movimiento cristiano que hacía ayuno en demanda de la libertad de los presos políticos”, dijo Padilla.

Enloquecen

La tragedia fue de tal magnitud en el ánimo de los habitantes de la ciudad que muchos enloquecieron, según lo narraron sobrevivientes.

Muchas personas se aturdieron de tal manera que se trastornaron y desaparecieron sin dejar rastro.

Se supo de casos en que hombres y mujeres se suicidaron ante la imposibilidad de rescatar vivos a sus familiares.

Escenas de dolor

“¿Qué voy a hacer sin mi muchachito? ¿Qué les voy a decir a sus padres? dijo inconsolable Ana viuda de Marcos, abuela de Jacinto Noguera Castillo, de 11 años, quien pereció atrapado por una pared.

“Salimos corriendo y gritamos”, decía entre sollozos la señora. Y mi pobre Jacinto se quedó prensado por una puerta y yo quería sacarlo y no me dejaban ¡Dios mío!… Y se quedó mi criaturita, lo fuimos a enterrar, pero no lo creo señor ¡No puede ser no puede ser!”.

Horas de angustia

Las cero horas con 29 minutos del 23 de diciembre de 1972 marcaron para los centroamericanos uno de los desastres más grandes de la historia.

Managua sucumbió ante los embates de un tremendo terremoto. A esa hora la tranquilidad de la ciudad y de sus habitantes fue sacudida por el temblor que destruyó casi toda la ciudad.

Organizan comités

Pasadas las primeras horas del desastre las autoridades nicaragüenses, se dieron a la tarea de organizar un comité de emergencia para coordinar las actividades de socorro.

El general Anastasio Somoza, jefe de la Guardia Nacional de Nicaragua, asumió el mando de coordinador general del comité.

Mientras tanto, por las calles de Managua empezaron a verse caminar en forma desordenada y casi enloquecidos a niños y mujeres semidesnudos.

Ayuda guatemalteca

La Fuerza Aérea Guatemalteca (FAG) llegó a Managua gracias al llamado de auxilio de un radioaficionado nicaragüense que empezó a comunicarse con los demás países centroamericanos.

La FAG captó el mensaje de la tragedia y lo comunicó al ministro de la Defensa, quien de inmediato ordenó que todas las unidades aéreas hicieran el primer viaje hacia Managua.

A las 9 horas del 23 de diciembre de ese año la primera cuadrilla de aviones guatemaltecos C-47 partió hacia Nicaragua con alimentos, medicinas y todo aquello que pudiera servir de paliativo para la tragedia.

En ese primer vuelo solamente se permitió que un periodista acompañara a la cuadrilla.

El designado por el gobierno guatemalteco fue Jorge Aragón Hernández, reportero de Prensa Libre que tuvo la oportunidad de ver casi a las pocas horas del terremoto lo que había quedado de la gran ciudad.

Escasean gasolina y alimentos

“No hay gasolina, agua ni alimentos”, comprobó Aragón; “además, se sentía un calor sofocante”. Las cañerías se habían roto y no podía encontrarse por toda la ciudad ni un vaso de agua.

Los pilotos de la FAG, sudorosos y llenos de tierra, empezaron a recorrer los escombros para entablar comunicación con las autoridades nicaragüenses.

Somoza recibió a todas las delegaciones y ordenó que los aportes fueran a los sitios más necesitados, especialmente los hospitales.

Debido a que muchos edificios de Gobierno quedaron con daños, Somoza estableció un cuartel de operaciones en su residencia de El Retiro, donde recibió a la delegación guatemalteca.

Llegan presidentes

Carlos Arana Osorio, presidente de Guatemala, se dirigió de inmediato a Nicaragua para presentar sus condolencias a Somoza.

Horas más tarde se reunieron en ese mismo lugar los presidentes de El Salvador y Costa Rica para establecer un puente directo y abrir sus fronteras para el libre flujo de ayuda.

El mandatario de Honduras, Oswaldo López Arellano, ordenó que la frontera entre El Salvador y Honduras fuera abierta para que fluyera ayuda hacia Nicaragua. Así desapareció el conflicto que las había mantenido cerradas por tres años. La tragedia logró limar asperezas entre los gobiernos de El Salvador y Honduras.

El presidente de El Salvador, Arturo Molina, nombró al agregado militar de su país en Nicaragua, Carlos Figueroa, como su representante y coordinador de las actividades de salvamento. También ofreció hospitales para trasladar a los heridos hacia ese país. De esa manera, los aviones de la Fuerza Aérea de El Salvador empezaron a transportar heridos y niños.

Los primeros periodistas centroamericanos que lograron llegar hasta la ciudad destruida establecieron su campo de operaciones en los edificios de sus respectivas embajadas.