Miércoles de Ceniza, meditación por Mons. Silvio Baez

Joel 2,12-18

2 Cor 5,20 – 6,2

Mt 6,1-6. 16-18

 

           Con el miércoles de ceniza iniciamos el tiempo litúrgico de la cuaresma, que constituye el itinerario de preparación y la puerta de entrada a la celebración gozosa del misterio de la Pascua de Cristo. Es un camino que evoca los cuarenta días de Moisés en la cima del monte Sinaí, los cuarenta años de Israel en el desierto antes de entrar en la tierra prometida y los cuarenta días de ayuno de Jesús antes de iniciar su ministerio público. Un camino que nos lleva a la renovación de nuestro bautismo y a la conversión de vida. No es un simple tiempo de penitencia y de prácticas ascéticas, sino un momento de profunda renovación interior y de una viva participación en el misterio pascual de Cristo. El acento no se pone en las prácticas penitenciales, sino en la acción santificadora del Señor; el ayuno y la mortificación de estos días son solamente un signo de nuestra participación en el misterio de Cristo, que ayuna en el desierto y entrega su vida para dar vida al mundo.

         El símbolo bíblico de “la ceniza”, con el que se inicia el camino cuaresmal, nos ayuda a entrar en contacto con aquel polvo con el que fuimos formados (Gen 2,7) y al cual volveremos. En la Biblia, cubrirse la cabeza con cenizas, rasgarse las vestiduras, o postrarse en silencio, eran signos penitenciales y de duelo, con los cuales el creyente entraba simbólicamente en la muerte. También hoy el cristiano toma conciencia de su finitud y de su pecado, se cubre de cenizas, se rasga el corazón y se abre a la conversión y a la gracia de Cristo. Entra en la muerte para resucitar gozosamente con el Señor, “porque si hemos sido injertados en Cristo a través de una muerte semejante a la suya, también compartiremos su resurrección” (Rom 6,5).

 

 

 

        La primera lectura (Joel 2,12-18) es un llamado urgente del profeta Joel para que el pueblo haga penitencia por sus pecados y se renueve interiormente, pues el castigo del Señor es inminente (Joel 2,1-11). El profeta está convencido que Dios siempre da una nueva oportunidad y está dispuesto a comenzar otra vez la historia de la alianza con su pueblo. Por eso convoca a “todo” el pueblo, a través de un simbolismo conocido en la Biblia, “el merismo”, a través del cual una totalidad se expresa por medio de los extremos opuestos. En nuestro texto todo el pueblo es simbolizado con la mención de “los ancianos” y “los niños de pecho” (v. 16). Se llama a la conversión a toda la comunidad, porque como dice san Pablo: “todos han pecado y están privados de la gloria de Dios” (Rom 3,23). Pero la palabra profética nos asegura también que todos tenemos siempre una oportunidad delante de Dios y que nadie está excluido de su gracia y su perdón, pues “el Señor es clemente y misericordioso, lento a la ira y rico en amor y siempre dispuesto a perdonar” (v. 13). El profeta fundamenta su llamado a la penitencia y a la conversión en el artículo de fe fundamental de la alianza: la misericordia sin límites de Dios. 

        El texto insiste en las actitudes interiores que deben acompañar el cambio de vida: hay que “rasgar el corazón, no las vestiduras” (v. 13). El verdadero cambio es el que brota del interior del hombre. Se trata de asumir nuevos valores que orienten la conducta. El sonido de la trompeta (el shofár), que anunciaba en Israel el tiempo comunitario del ayuno y de la penitencia para alcanzar misericordia (v. 15), debe ir acompañado de otro sonido más importante, sin el cual no es posible la comunión con Dios: las palabras de la oración sincera y humilde. Por eso el camino de la conversión inicia cuando el hombre es capaz de ponerse de rodillas delante del Señor y decir: “Perdona, Señor, a tu pueblo, y no entregues tu nación al desprecio” (Joel 2,17); y con el salmista: “Ten piedad de mí, oh Dios, por tu amor, por tu inmensa compasión borra mi culpa… Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, renueva dentro de mí un espíritu firme” (Salmo responsorial: Sal 51).

        La segunda lectura (2 Cor 5,20 – 6,2) forma parte de una ferviente exhortación paulina a “dejarse reconciliar por Dios” (v. 20), ya que Dios “nos ha reconciliado consigo mismo por medio de Cristo” (1Cor 5,18). El verbo “reconciliar” (griego: katallássein) aparece solamente 6 veces en todo el Nuevo Testamento (Rom 5,10; 1 Cor 7,11; 2 Cor 5,18.19.29), de las cuales tres se encuentran en 2 Cor 5,18-20. A excepción de 1 Cor 7,11, que se refiere a la reconciliación entre el esposo y su mujer, el verbo katallássein siempre se usa para hablar de la reconciliación del hombre con Dios. El verbo está formado etimológicamente por el  prefijo katá (según, conforme a, etc.) y del verbo lassein (cambiar, transformar), lo cual indica que la acción de la reconciliación supone un cambio, una transformación radical, una novedad en las relaciones, un inicio nuevo. Reconciliarse es restaurar un vínculo de amor o de amistad que ha sido roto a causa de la infidelidad de una de las personas comprometidas en la relación. Reconciliarse es cambiar de vida.

        Pablo anuncia que la reconciliación con Dios, más que un esfuerzo humano, es una gracia que se ofrece a todos a través de Cristo. El hombre ha roto con Dios a causa del pecado, pero el Señor ofrece gratuitamente la reconciliación a través de la fe en Cristo: “Somos, pues, embajadores de Cristo, y es como si Dios mismo los exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo le suplicamos que se dejen reconciliar con Dios. A quien no cometió pecado, Dios lo hizo por nosotros reo de pecado, para que, gracias a él, nosotros nos transformemos en salvación de Dios” (vv. 20-21).

        Al hombre corresponde responder activa y generosamente a la gracia del perdón. Cuando Dios nos ofrece la reconciliación con él, acontece para nosotros el “tiempo favorable” (en griego: el kairós, es decir, la ocasión propicia, la oportunidad que no hay que dejar pasar “recibiendo en vano la gracia de Dios”). “El mismo dice: en el tiempo favorable (kairós) te escuché” (2 Cor 6,2). Según Pablo, vivimos en un continuo kairós, lleno de la gracia de Dios, un tiempo marcado por la exhortación constante a volver al Señor, a través de la predicación evangélica. Un tiempo que no hay que dejar pasar en forma indiferente, sino que hay que vivirlo en la acogida y la respuesta concreta y dócil a la palabra de Dios que nos llama a una nueva vida. “Éste es el tiempo favorable, éste es el día de la salvación” (6,2).

 

 

                 El evangelio (Mt 6,1-6. 16-18) está tomado del “Sermón de la montaña” y hace referencia a dos de las principales obligaciones religiosas de la piedad judía: la limosna (vv. 1-6) y el ayuno (vv. 16-18). La otra es la oración (vv. 5-15). Con estas prácticas piadosas el judío lograba “la justificación” con Dios, se hacía “justo” delante de él, es decir, restablecía la alianza. Con la limosna el hombre se abre al prójimo en la caridad; con el ayuno, dispone su espíritu a la comunión con Dios. El versículo 1 da la clave de la nueva interpretación propuesta por Jesús en relación con estas prácticas religiosas: “Cuidado con practicar las buenas obras (“vuestra justicia”) para ser vistos por la gente; porque entonces su Padre del cielo no los recompensará” (Mt 6,1). Para Jesús la práctica religiosa tiene valor solamente cuando se hace exclusivamente por amor a Dios y lleva a crecer en la relación con él. La espiritualidad cristiana es fundada en la interioridad, allí donde el hombre es realmente él mismo.

        “Dar limosna” (en griego: poiein eleêmosynên, literalmente: “hacer un acto de misericordia”) se había convertido, paradójicamente, en algunos círculos fariseos, en una oportunidad para hacerse notar de los demás y ser tenidos por buenos. A estas personas, que hacen las buenas obras y practican la misericordia para ser vistos por los otros, Jesús les llama “hipócritas” (en griego: ypokritês, término que designaba al actor de teatro, a uno que actúa delante de los otros pretendiendo ser lo que en realidad no es). 

        El “ayuno”, del que habla aquí Mateo, parece ser el ayuno privado que practicaban algunos fariseos (Lc 18,12), pretendiendo cumplir más de lo que la ley mandaba acerca de un ayuno anual, en el día de la expiación. Jesús nunca habló del ayuno como práctica fundamental en la experiencia del discípulo cristiano, marcada sobre todo por el gozo a causa de la presencia del esposo y de los tiempos mesiánicos (Mt 9,14-15). Sabemos, sin embargo, que la comunidad cristiana lo practicó junto con la oración (Hch 13,2-3; 14,23) en momentos decisivos de la misión evangelizadora. En todo caso, el ayuno auténtico no debe ser exterior, sino una manifestación de caridad y expresión concreta del deseo de comunión en el amor con Dios y con los hombres. El Antiguo Testamento nos ofrece el sentido del verdadero ayuno: “El ayuno que yo quiero es éste: que sueltes las cadenas injustas, que desates las correas del yugo, que dejes libres a los oprimidos, que acabes con todas las opresiones, que compartas tu pan con el hambriento, que hospedes a los pobres sin techo, que proporciones ropas al desnudo y que no te desatiendas de tus semejantes” (Is 58,6-7).

        La enseñanza de Jesús es clara en estos textos. Tanto la limosna como el ayuno, expresiones simbólicas de toda la práctica religiosa del discípulo del reino, se deben hacer “en lo escondido”, más allá de las miradas de los demás, allí donde sólo el Padre, “que está en lo escondido” puede ver. Pues “la mirada del Señor no es como la del hombre: el hombre ve las apariencias, pero el Señor ve el corazón” (1 Sam 16,7). En cualquier práctica religiosa, delante de Dios vale mucho más la motivación interior que la manifestación externa. La enseñanza de Jesús la resume muy bien Pablo en la carta a los romanos: “Ser judío no consiste en lo exterior… el verdadero judío lo es por dentro y la auténtica circuncisión es la del corazón, la que es obra del Espíritu y no de la letra; no esa que alaban los hombres, sino la que alaba Dios” (Rom 2,28-29).

 

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