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La Leyenda del Cristo de Santa Ana

Derechos para:
LIC. JOSE HUMBERTO DAVILA

Reproducimos la parte interesante y de relativa autenticidad del artículo del señor A. Tijerino Morales.

Brilla como el tesoro m á s grande que tiene esta ciudad el que se guarda con gran veneración entre las frías y legendarias paredes del templo de Nues- tra Señora Santa Ana. Este tesoro de incalculable valor, más significativo que el oro y las piedras preciosas, mantiene el fuego sagrado de la fe cristiana.

Se trata de una escultura antigua, que representa al Cristo Yacente, que todos los años es sacado en procesión los Viernes Santos. No parece que manos profanas hayan tallado esta soberbia imagen.

Hay algo extraordinario y sobre natural en su rostro perfecto y doloroso.

Este Cristo no sólo conmueve, sino que subyuga, y los ojos humanos no pueden apartarse de su divina faz y de su cuerpo enjuto y sangriento. Todos sus detalles, todas sus líneas denuncian que una mano dirigida por la Providencia lo formó. Han pasado varias generaciones y este Cristo se conserva como acabado de salir de las privilegiadas manos de su autor. Alrededor de este Cristo hay una historia, una admirable leyenda, que embarga nuestro espíritu de piedad y temor.

Según la tradición, esta imagen donde el arte se prodigó a por entero tiene más allá de doscientos años. Los fieles la veneran con doloroso entusiasmo y pasan las horas del Viernes Santo en muda contemplación.

Vivamente emocionados tratamos de inquirir sobre el portento, que según se afirma, se realizó cuando esta obra fue consumada. Y como los archivos de la Parroquia y Municipio fueron quemados en la última guerra fratricida que nos dejó en la desolación más espantosa, tuvimos que apelar a las veraces fuentes de la tradición.

Existe aquí un anciano de setenticinco años de edad, que responde al nombre de Lizandro Meza, y éste cuenta que su madre llamada Jesús, le refería que su abuelo Gabriel Palavicini, permanecía con su hijo Hermenegildo del propio apellido en las crudas montañas de El Realejo, hoy Las Lajas.

Su hijo Hermenegildo solía venir al poblado en busca de alimentos y otros menesteres y contaba a sus familiares, que su papá Gabriel estaba bueno, y que como era escultor estaba trabajando en un lugar muy oculto un Cristo acostado que obsequiaría a la iglesia colonial de Nuestra Señora Santa Ana. Pasaba el tiempo y Gabriel trabajaba con las debidas precauciones en la agricultura y los días viernes de cada semana se internaba en la montaña y trabajaba con entusiasmó y con delirio en su preciosa obra, la que mantenía cuidadosamente sobre un lecho de hojas verdes.. .

Llega por fin el suspirado día, y la imagen en que Gabriel había puesto toda su inspiración y su arte, está terminada. Fue un 25 de marzo cuando los rayos del sol de la mañana violaban la selva e iluminaban el amoratado y entristecido rostro del Cristo esculpido por Gabriel.

Estaba en su lecho de hojas verdes, con sus ojos apagados, como un ser humano que después de torturado acaba de espirar. Su semblante inspira miedo, compasión. De sus divinos labios, de su radiosa frente, de su costado, de sus pies y manos mana la sangre redentora. Gabriel está contento; sonríe satisfecho, se aleja un poco para contemplar su obra cumbre, y oh portento! el Cristo habla; Hermenegildo oye las voces: “Dónde me habéis visto” y ve que su padre cae desplomado como herido por un rayo.

No tiene valor de volver la mirada al Cristo, que también yace en el suelo y de donde provienen las voces, y, corre al poblado a donde llega jadeante, sudoroso, excitado, a dar testimonio de lo que había visto y oído. La noticia vuela con la rapidez del viento. El cura, un español, se muestra escéptico, pere las autoridades encabezan a la muchedumbre que se encamina a la montaña de El Realejo. Llegan, penetran en la selva, casi inaccesible, y encuentran un cuadro macabro: un Cristo yacente, ensangrentado y un hombre muerto: Gabriel. Hay un silencio sepulcral, miedo, temor, dolor…
Ambos cadáveres fueron traídos separadamente a este pueblo bajo la consternación general.
Muchos se daban golpes de pecho y otros lloraban . .

Según, la tradición, a las tres de la tarde hizo su entrada la multitud con su preciosa carga.

Todos interrogaban a Hermenegildo, y éste ,decía, entre sollozos y lágrimas, que su padre había muerto porque el Señor le habló.

Hubo llanto en la casa de Gabriel, y en el pueblo se comentaba el portento al recibir aquel Cristo de que carecía y que la Providencia le enviaba en forma tan extraña.

Este Cristo milagroso, con tan bella leyenda, estuvo en poder de los indios durante muchas décadas y hasta en el año de 1938 por disposición superior pasó a la Iglesia de Nuestra Señora Santa Ana, donde hoy se conserva, pues antes los indios sólo lo prestaban para las ceremonias y procesión del Viernes Santo. Su color era de marfil oscuro, nunca fue retocado sino hasta el año de 1914, pero se observa que la pintura ha ido desapareciendo y que está recobrando su color primitivo.

Es así como la Iglesia de Nuestra Señora Santa Ana, presenta un tesoro de incalculable valor: Su Cristo del Viernes Santo. Esta sagrada imagen solo está expuesta a los ojos de los fieles un día del año. Permanece en el Santo Sepulcro debidamente guardado e invisible.

Indudablemente que la Providencia en sus altos designios, quiso dotar a la Iglesia de Nuestra Señora Santa Ana de una reliquia santificada por las propias palabras del Divino Redentor.

Hay que observar, que el 25 de marzo, en las primeras horas de la mañana, Gabriel concluyó su Obra, precisamente el día en que el ángel Gabriel anunciaba a la Virgen Santísima la encarnación. Y que Gabriel trabajaba en su escultura solo el día viernes, día en que Nuestro Señor fue crucificado consumando la obra de la redención humana.

A. Tijerino Morales.
Chinandega, mayo de 1939.

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