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La camisa y el espanto del cementerio

Los espantos que destacaban como trasfondo histórico y que al contar los abuelos en fantásticas noches erizaban la piel. En Chinandega se deja escuchar, entre otros, los relatos de la llorona, la sombra del niño que cruza el cuartel de bomberos, la famosa mocuana, la que pide raid a orillas del Puente de  San Isidro – El Realejo,  la gallina con pollos, la convertida en mona, la muerte quirina, la carreta nahual, el cadejo, la cegua y el padre sin cabeza.

Hubo quienes consideraban estos relatos sin mayor trascendencia, pero también había gente temerosa, de noches pavorosas al escuchar pasos, alaridos, aullidos, “Mamita, ahí anda el demonio! Y quienes recelaban se estremecían en sus camas, arrebujados en las sabanas de pies a cabeza.

Hace unos setenta años cuando en esta región se gozaba de una decena de trapiches, en ese campo prospero chinandegano, considerados por algunos como incipientes industrias de ingenios azucareros, se lograba con estos desarrollar una sana competencia al producirse los mejores atados de dulces de rapadura y alfeñiques.

En esta industria artesanal se tejieron decenas de historias, anécdotas que perduran. Ahí estaba el ingenio Central a orillas del puente Walter Penztke, donde ahora es la Colonia Gerardo Lindo, El Trapiche a orillas del Rio San Isidro, El ingenio Bélgica de los Navarros, el ingenio La Republica carretera a Tonalá y el de los Sogay en el sector del Hular.

 

Jorge Sogay acostumbraba salir de noche rumbo al trapiche en El Hular, para vigilar la molienda, salvaguardarlo por la noche, estar de cerca para iniciar labores desde muy temprano.

Es así que una noche de luna tierna cruzó en su corcel las calles polvorientas del barrio El Rosario, entre la penumbra se enrumbó por la trocha a orillas del cementerio.

Estaba acostumbrado a cruzar la periferia del camposanto, el temor de ver una sombra maliciosa se le había ido al carajo, cargaba su pistola al cinto para cruzar por la comarca El Raizal, el rio Acome, entonces caudaloso y el camino a orillas de las tierras feraces con verdes cultivos.

Esa noche el caballo se detuvo de pronto en media trocha, un escalofrío recorrió el cuerpo del jinete, divisó entre las cruces del panteón el espectro que le indicaba señales, como una mano insistente que se acercara, ¡Dios Santo! pensó en retornar al pueblo, pero tenía que llegar al trapiche, decidió jugársela con el dichoso espanto, desenfundó la pistola y disparo a la siniestra figura que lo sacó de su sano juicio.

El caballo avanzó como desesperado, cabalgó como nunca antes sobre el  camino y en un santiamén se vio en el trapiche. Jorge Sogay estaba nervioso, sintió que el corazón casi se le salía del pecho, se consideraba un jodido valeroso, jamás había experimentado un susto igual. La noche se le hizo eterna, pensó en aquel espanto que ahora le haría la vida de a palitos cuando le tocara regresar de noche.

LA CAMISA TERRORIFICA

Al amanecer con los peones en la molienda, los bueyes enyugados y la caldera asegurada debía regresar de mañanita a la ciudad, al pasar por el lugar exacto donde el espanto le hacía de señas. Sorpresivamente descubrió una camisa manga larga raída que un albañil había colocado sobre un tronco tras completar la reconstrucción de un sarcófago.

Sintió ganas de reír a carcajadas del susto que le causó la manga larga de la camisa que con el viento que intensa la mecía la noche anterior.  “Ya lo decía yo, que tal espanto ni que ocho cuartos”. Segundos después espoleo el caballo el que también se le mostraba calmado al cabalgar con elegancia de regreso al pueblo.

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