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Festival Internacional de Poesía en Granada

Cada quien enterró lo que quiso –unos las malas decisiones del alcalde; otras, las injusticias que provoca la penalización del aborto terapéutico; muchos, las carencias económicas; unos chavalos disfrazados de cruzrojistas, a un hombre de trapo; y los más, en silencio, enterraron el desamor–, pero nadie lloró, quizá porque no había ningún muerto en el ataúd, ninguna viuda que  gritaba, y solo había poetas que recitaban.

Se juntaron frente al atrio de la iglesia La Merced, bajo un sol inclemente que nadie parecía sentir. Setenta jóvenes masatepinos, miembros todos de la judea de El Bachi, encabezaron este singular, colorido y festivo entierro: el entierro de las lágrimas del desamor, el octavo entierro que se realiza cada miércoles en la semana del Festival Internacional de la Poesía.

Los chavalos no sabían nada del desamor y tampoco les interesaba. Halaron sus cadenas arrastrando al Judas de turno, y sacaron a Granada de su típica normalidad. Varias cuadras atrás, algunas decenas de poetas se agruparon para iniciar el recorrido que los llevó, cayendo la tarde, al malecón, frente al lago Cocibolca.

¿Pero, qué es el desamor? ¿El desierto que queda después del amor, como dice la poeta tica Julieta Robles? ¿La falta de respeto al amor, como sostiene el poeta español Alberto Maravilla? ¿El amor renegado, amor reclamado, como cree el poeta bogotano John Galán Casanova? ¿Es el dolor más grande, como dice el crítico literario Nicasio Urbina? ¿No amar y no ser amado, como cree el poeta salvadoreño Ricardo Lindo? ¿O será que es reconocer al mismo tiempo que hay esperanza, como cree el teatrista Salomón Alarcón?

Sea lo que fuere, este entierro simbólico ayer dio cabida para todo y fue inventado –cuenta Nicasio Urbina– por los poetas vanguardistas hace ya muchas décadas. Ellos enterraban todo lo que mata a la poesía y a la vida. Este fue el turno del desamor.

Don King, el promotor boxístico de pelo blanco y levantado, se coló en el entierro con muchísimas libras menos, sin las típicas pulseras y cadenas que le cuelgan, sin esa sonrisa cínica y sin Ricardo Mayorga. En el carretón sobre el que iba King, sí estaba el “Chocolatito” González, y tenía unos adornos en la cabeza. También estaba la alcaldesa de Managua, Daysi Torres.

Detrás y delante de Don King iban comparsas, diablos que corrían de un lado a otro, bailarines de folclor y jóvenes vestidos como el macho ratón. ¡Qué entierro más alegre: 12 estaciones, más de 25 poetas leyendo versos y muchas sonrisas!

No hubo rastro de la poesía de Carlos Martínez Rivas, a quien está dedicado este año el Festival Internacional de Poesía. Quizás el gran poeta no hubiese calzado aquí, pues él, como ayer recordó su entrañable amigo y poeta Erick Blandón, durante un conversatorio, “no se subordina al Estado, ni a la Iglesia ni al partido. No cabe en las clases sociales. Su lugar está entre los condenados, como la mujer de Lot, a quien –por el amor ilícito– absuelve de toda culpa. Sus compañeros no son los jinetes de la fiesta hípica, sino los lumpen proletarios con quienes brinda en una cantina de alcohólicos consuetudinarios como él mismo. El distanciamiento de Martínez Rivas es ostensible en la alegría del descenso, aprendida de Baudelaire”.

El entierro casi acaba. No hay licor como le habría gustado al gran Martínez Rivas. Se oye la Cuchara Panda, Las Inditas, Las Mulatas y la Cumbia Chinandegana, y las Pitadas de San Roque; una veintena de señoras venidas desde El Viejo empiezan su baile, un ritual de enamoramiento llamado La Pegada de los Motetes. “Yo soy la mulata, pero no la callejera”, dice la bailarina y estallan las carcajadas.

Los diablos cargan el ataúd vacío donde varios han metido el desamor. Cinco minutos después, el desamor ha caído en el lago Cocibolca.

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