LO ACTUAL

Dos comunidades enteras fueron sepultadas hace 15 años por una avalancha mortal en el volcán Casita

673998

Róger David Martínez escuchó un grito de alegría anunciando que llegaban los helicópteros para ayudarles. En Posoltega había llovido durante cuatro días sin parar y la mitad de su casa estaba inundada. Eran las 11 de la mañana del 30 de octubre de 1998. La noche anterior se fueron a refugiar a la casa de unos amigos de la familia porque su abuela usaba silla de ruedas y ya el exceso de agua le impedía moverse.

La fatalidad llegó de pronto, al enterarse que el sonido que habían escuchado no era de helicópteros. Era el volcán Casita que se derrumbaba y borraba para siempre dos comunidades asentadas en sus laderas. La familia completa de Roger David Martínez quedó sepultada entre el lodo y los escombros.

Esperábamos que llegaran los helicópteros con ayuda. Empezó a sonar como que habían llegado cinco juntos, pero de repente salimos de la casa y vimos una corriente de lodo que bajaba levantando las ramas de los árboles”, recuerda.

 

Retrospectiva mortal

Dice que ese día quedó grabado en su memoria. Intacto. Cierra los ojos y puede verlo todo. Recuerda a sus padres marchándose de la casa, poco antes, en busca de ayuda a una escuela cercana donde miembros de la comunidad se empezaban a organizar para enfrentar los daños causados por las lluvias, provocadas por el huracán Mitch.

Aún mira a sus seis hermanos asustados, corriendo para tratar de salvarse del aluvión que arrastraba todo lo que encontraba a su paso. Y a su abuela inmovilizada en la silla de ruedas, sin poder hacer nada.

También se mira a sí mismo, corriendo para evitar ser arrastrado por la corriente. No pudo. Solo sintió un golpe fuerte en la espalda cuando fue arrollado por la avalancha.

“Miraba todos los árboles volteados de raíces y después de eso quedé inconsciente, sin saber más nada”, relata hoy, acostado en una vieja hamaca.

 

Encontró la cédula de su padre a 15 kilómetros

Los días de lluvia le traen recuerdos aterradores. Tenía ocho años cuando el paso del huracán Mitch hizo colapsar al volcán Casita. Esta semana se cumplen 15 años desde que Roger David perdió a sus padres, seis hermanos, su abuelita y una docena de primos.

“Se fueron”. Así dice una y otra vez al referirse a la muerte de sus familiares. Nunca encontraron sus cuerpos. Lo perdió todo. Lo único que recuperó fue la cédula de identidad de su papá, encontrada en el Ingenio San Antonio, a unos 15 kilómetros de donde vivían.

Sus tíos vinieron desde Costa Rica para intentar hallar a los familiares con o sin vida. No lograron nada. Martínez comenta que le costó 3 años convencerse de que todos habían muerto. Siempre guardaba esperanzas de que estuvieran en algún refugio.

“Cuando miro a una familia darse un abrazo, siempre siento que una parte de mi vida la perdí. Me hubiera gustado tener eso, yo era feliz”, expresa.

 

 

La niña que apareció entre cultivos

Las comunidades Rolando Rodríguez y El Porvenir, ubicadas a 115 kilómetros de Managua, quedaron sepultadas por el alud del volcán Casita. También fueron afectadas otras pequeñas comarcas por el deslave. En total murieron 2,800 personas.

Para Amelia Narváez es imposible recordar su niñez. Todo lo que sabe de la tragedia lo sabe porque se lo contaron sus familiares sobrevivientes. Les cree porque tiene señas en la cabeza, los brazos y las piernas.

Tenía cuatro años el día de la tragedia. Dice estar segura de que la catástrofe cambió su destino para siempre. Perdió a su padre, una hermana, su abuelita y varios primos en el deslave del Casita.

 

Cómo se salvó su madre

Su madre estaba en el hospital cuidando a un primo recién operado. “Quizás por eso se salvó”, comenta Amelia. Otra suerte corrió su padre, quien se había ido al colegio de la comunidad a ver qué pasaba, igual que los padres de Róger David Martínez.

“Mis dos hermanas mayores salieron corriendo al ver la avalancha que bajaba del volcán, mientras mi hermano mayor nos llevaba a mí y a mi otra hermana, jalándonos para escapar. Pero el miedo lo aterrorizó y se quedó paralizado”, relata.

Amelia Narváez cree que fue en ese momento que la corriente de lodo, escombros de casas y árboles arrasados por el deslave los separó. Su hermana no sobrevivió, ambas se soltaron de los brazos del hermano.

 

““Me rescataron en helicóptero””

“Se me destapó la cabeza, aparecí en unos sembradíos de maní y de ahí me rescataron en helicóptero, aunque nadie creía que podría sobrevivir”, indica al reconstruir la historia que más tarde le contaron.

Una estadounidense, que trajo a Nicaragua ayuda para los damnificados, quiso llevarse a Narváez en adopción, pero una de sus tías la reconoció en el hospital donde la estaban curando.

 

El dolor persiste

La persona que encontró a Amelia Narváez fue Mercedes Acevedo. Ella acababa de llegar de Costa Rica y recorría los albergues buscando a su madre y a sus tres hijos. Cada año se iba a cortar café al país vecino del sur y decidió volver a Nicaragua cuando escuchó en las noticias el nombre de Posoltega.

“De inmediato me vine, llorando empecé a buscar a mis hijos y a mi madre que me los cuidaba mientras yo me iba a trabajar. No encontré nada, solo cuerpos enterrados bajo el lodo por todos lados”, recuerda.

Mercedes Acevedo perdió a tres hijos, de 12, 11 y 9 años. La única que sobrevivió es una joven que tenía 15 años en ese momento, a la que se había llevado meses antes a Costa Rica. Siempre carga fotografías de sus hijos. Es lo único que le queda.

Ella recibió una vivienda en Santa María, un caserío donde ubicaron a unas 350 familias damnificadas por el huracán Mitch. Sin embargo, tuvo que viajar a Costa Rica con frecuencia para trabajar y tratar de superar el dolor.

“He recibido terapias, conversado con especialistas, ahora puedo hablar más del tema, pero el dolor que uno siente es inmenso”, dice Acevedo.

Junto a sus hermanas subió a las faldas del Casita a buscar rastros de todo lo que tenía. Recuperaron unas cuantas fotografías de sus familiares, y cada 30 de octubre vuelven al Parque Memorial del Volcán, a rezar. Allí la gente de la zona agradece por aún estar viva, y recuerda a sus deudos.

 

 

Creían que estaban vivos

Un Informe de Datos Registrales de la Alcaldía de Posoltega, indica que en 1998 solo se reportaron 808 defunciones. Muchas familias nunca reportaron la muerte de sus familiares en el deslave, porque creían que aún estaban vivos y esperaban algún día encontrarles.

Comentarios
Ir Arriba
A %d blogueros les gusta esto: