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Aquel 3 de diciembre de 1972 Juárez se vio inmenso

La imagen de Julio Juárez glorificado por una faena monticular de ribetes espectaculares, cargado por una multitud inyectada de júbilo sin  medida, mostrando su brazo derecho humeante y agrandado, y la cabeza del coloso cubano, como la de Danton al perderla en la guillotina frente a tantos asombros, permanece inalterable cobijada por nuestras incontrolables emociones, celebrando la proeza. Hoy, treinta y nueve después, aquel 2-0 que todavía resplandece encima de las ruinas de ese Estadio.

Un hombre inaccesible al miedo, capaz de abrir sepulturas y rugir como un león, duro de matar, eso fue Julio Juárez aquel tres de diciembre de 1972, mientras “toreaba” a ese impresionante equipo cubano.

Nicaragua entera quería estar en el estadio, pero unos 25 o 28 mil fueron los privilegiados. En el pequeño escenario, la ilusión, el romanticismo y los sueños del Quijote pinolero, frente a la precisión cultivada, el poder destructivo y la invencibilidad de los antillanos dirigidos por Servio Borges. Un viejo contraste.

Se buscaba realizar una hazaña y se logró, con el gran soporte de ese Julio Juárez que fue capaz de dibujar nueve ceros en un alarde de dominio bajo presión. ¿Cuántos sujetaron sus lágrimas viendo brillar ese 2×0 a favor de Nicaragua en la pizarra?

Ganador de tres juegos en ese Mundial, Juárez solo vio a tres corredores cubanos en la tercera base, Fermín Laffita en el primer inning, Félix Isassi en el segundo, y Agustín Marquetti en el noveno. Permitió ocho hits, no cedió pasaporte y solo ponchó a Lázaro Pérez en el quinto. Así que su trabajo fue tan fino, como el de Goya sobre el lienzo.

Hit impulsador de Pedro Selva y jonrón de Vicente López, golpearon a Cuba en la mandíbula. Y en el noveno, el 2-0 se empequeñece cuando el drama alcanza su punto de ebullición. Después del importantísimo primer out eliminando a Capiró, César falla sobre un batazo de Marquetti. Detrás del error, el cañonazo de Isassi al right center para colocar hombres en segunda y tercera. Ahí estaba Urbano González amenazante, con la posibilidad de empatar la pizarra y un escalofrío recorriendo las espaldas. Su swing acelera los corazones. La línea violenta va hacia Jarquín, con todos crispados como panteras en las tribunas. El paracorto de los milagros ahoga el batazo reaccionando con la rapidez y seguridad requeridas, para concretar el doble play matador.

En ese instante, sentimos que el planeta se detenía. El rugido todavía se escucha entre recuerdos que nunca serán borrados. Un pedazo de esa noche siempre me acompaña. ¡Qué inmenso te vimos Julio!

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